Noticias

«Migrantes», un libro conmovedor sobre los desplazamientos forzosos a través de dibujos a lápiz

Migrantes

Por Ivana Romero, Página 12

“Este mundo es mirar las flores sobre el infierno”, escribió el poeta japonés Kobayashi Issa en el siglo XVIII. Issa Watanabe tiene ese nombre en homenaje a este maestro del haiku. Fue una decisión de su madre, la ilustradora Gredna Landolt, y de su padre, el poeta José Watanabe. De ascendencia suiza ella y de origen japonés él, Issa nació en Lima, Perú, en 1980. Con el tiempo devino ilustradora reconocida poniendo su trabajo en varios libros; por ejemplo, su obra Más te vale, mastodonte fue ganadora del XVII Concurso A la Orilla del Viento del Fondo de Cultura Económica de México.

Sin embargo, su singularidad radica en la capacidad que tiene Issa de trabajar con una trama esencial, que rara vez se menciona al momento de pensar en el dibujo, la escritura y en el arte en general: el silencio. Ese espacio vacío pero elocuente, asegura ella, es la esencia del diálogo y la comunicación. Y es que allí se abren las preguntas, los sentidos sugeridos, la capacidad de pensar junto a otrxs para construir un relato común.

De esa materia (tenue pero imprescindible) se nutre su libro Migrantes, al cuidado de Ediciones del Zorro Rojo, que la artista vino a presentar a la Feria del Libro en el marco de dos charlas organizadas por el Ministerio de Cultura de Perú para profesionales del sector. Construido exclusivamente con ilustraciones hechas con lápices de colores (no hay una sola línea de diálogo, una explicación, nada), Migrantes muestra un grupo de animales en diáspora. Jirafas, conejxs, leones, aves andan en silencio, juntxs, llevando valijas diminutas, abrigos, mantas, algunos cacharros para cocinar ahí donde les encuentre la noche.

Junto a lxs más grandes van lxs más pequeñxs, dando pasitos o envueltxs en rebozos. Una cabra abriga a un pájaro pichón (o pichonx), aquel elefante toma de la mano a un sapitx como familia interespecie que son: el desarraigo es para ellxs el lazo común. Espigadxs, silenciosos, caminan con lo puesto, avanzan como un grupo compacto pero frágil, profundamente humano. ¿De dónde vienen? ¿Hacia dónde se dirigen? ¿Están huyendo? ¿De qué? ¿De quiénes? Estas son algunas de las preguntas que se abren junto a cada página. Además, alguien les sigue los pasos, pide sumarse al viaje y es aceptada: la muerte. Issa la creó como una presencia pálida y descalza, bajita, con cabeza de calavera apenas insinuada, capaz de una enorme compasión.

Issa dedica el libro a su hija Mae, a su madre y a su abuela Teresa. “Me hubiera gustado dedicárselos a mis hermanas Maya y Valeria también. Todas ellas son mujeres a las que admiro enormemente. Han sido mi apoyo, contención, mi vida” cuenta durante esta entrevista que se realiza en el stand del Ministerio de Cultura peruano, mientras la Feria está a punto de abrir al público en las primeras horas de la tarde.

Lleva una remera a rayas blanca y negra y unos zapatos tipo guillermina colorados. Habla despacio, buscando las palabras precisas y mientras se sienta con un vaso de café humeante, su cabello larguísimo (que contrasta con su piel pálida) parece una capa discreta y suntuosa a la vez. Es imposible no evocar entonces unos versos de su padre José, quien en un poema sobre su propia infancia escribió: “En la espalda del kimono/saltaba un salmón rojo./Sobre los hombros de mi madre, el pez/parecía subir por la cascada de sus cabellos,/hermosísimos y azulados cabellos/de mestiza:/Una bella imagen que ella no podía ver”.

¿Cómo surgió este proyecto?

—Todo empezó cuando en 2017 vi de casualidad una serie de imágenes del fotógrafo Magnus Wennman llamada “Donde duermen los niños”. Se trata de una serie de retratos a infancias que él tomó tras el estallido de la guerra en Siria, en cinco países diferentes. Fue encontrando a esxs niñxs en campos de refugiadxs o en asentamientos precarios. Son imágenes de las miradas de lxs niñxs, de esos ojos. Ver esas fotos me conmovió muchísimo. Y tenía a mano una libreta donde empecé con un dibujo. Así surgieron los primeros personajes. Uno de ellos llevaba a otro pequeñito de la mano y fue necesario dibujar a sus compañerxs, para que tuvieran una historia y un lugar para descansar y abrigarse. Fui haciendo dibujos durante meses mientras trabajaba como directora de arte en una empresa. Alguien me propuso enviarlos a la Feria del Libro de Bologna porque ya empezaban a formar una secuencia narrativa. Entonces volví a dibujar a cada personaje porque me di cuenta de que no estaba del todo a gusto con las ilustraciones iniciales. Cuando te asomas al infierno, ya no puedes seguir dibujando del mismo modo. Finalmente, el libro encontró a su editorial, El Zorro Rojo, y se publicó en 2019 aunque la edición argentina es bastante más reciente.

En la conferencia que diste hace un rato mostraste los bocetos iniciales, donde los dibujos eran más parecidos a los cuentos clásicos para infancias.

—Se lo puede ver de esa manera. Es que si bien yo traía una experiencia personal en torno a la migración forzada, meterme en ese mundo, en sus cifras pavorosas con millones y millones de personas huyendo de sus lugares a lo largo del mundo, me obligó a tomar algunas decisiones en torno al dibujo. No podría decirte, de todos modos, que se trató de una investigación en un sentido clásico. Lo que hacía era ir recogiendo testimonios, imágenes, frases de una película o un poema y esas cosas me iban guiando en una línea de sentido. De hecho, la única línea escrita del libro está en la contratapa y es una frase del director de cine Theo Angelopoulos que dice “¿Cuántas fronteras se han de cruzar para llegar a casa?”.

¿Y qué ocurre con las mujeres e infancias que deben cruzar esas fronteras?

—Dentro de la población vulnerable, las mujeres son más vulnerables. En su intento de llegar a un lugar seguro, son expuestas a violencia sexual y de género en su país de origen, en el primer asilo, durante todo el trayecto. La cantidad de niñas y mujeres violadas que tienen que pagar con eso el viaje o los documentos es impresionante. Y las madres que llevan a sus hijxs tampoco encuentran justicia. Me refiero a que si en tu país de origen es difícil encontrar justicia cuando has sido víctima de violencia sexual, imagínate qué tipo de justicia habrá en los lugares donde migran. No tienen acceso a la justicia, son más invisibilizadas de lo que ya están.

Antes me contabas que de alguna manera, todo esto que vas diciendo también lo aprendiste durante las presentaciones del libro en distintos países.

—Estuve en distintos lugares del mundo, sí, y es hermoso advertir que, al no haber palabras, no hay barreras idiomáticas. He trabajado con niñxs migrantes y niñxs que no lo son, de diferentes clases socioeconómicas. Por ejemplo, hace un tiempo fui a Francia, convocada por el proyecto de mediatecas que brindan acceso a libros y soportes mediáticos a toda la comunidad, y que en ese momento estaban trabajando con un centro de acogida de refugiadxs. Como sigue la pandemia, hubo una videoconferencia de la que participaron 50 alumnxs de una escuela que tenían quince años. Pero sí estaban allí, conmigo, lxs niñxs del centro de acogida. Cuando les pido a estxs chicxs hacer alguna pregunta a lxs franceses, un niñito de 8 años les pregunta “¿Ustedes alguna vez han conocido a alguien como nosotros?”. Y eso no había sucedido nunca. Es decir, millones y millones de migrantes no encuentran sencilla la integración con la comunidad. Porque una cosa es mirar imágenes por la televisión pero tú sabes que los gobiernos tienen políticas restrictivas, que son reflejo muchas veces, del desconocimiento, el temor, los prejuicios

Antes aludías a que la migración también te ha atravesado en términos personales. ¿A qué te referías?

—¿Lo dices por mis orígenes? Bueno, sí, hay toda una historia allí porque mi madre y mi padre tienen su origen en otros países que no son Perú. A la vez, me infancia estuvo marcada por el conflicto armado interno en mi país, Sendero Luminoso y demás. En ese caso, el silencio fue fractura y abismo. Pero en verdad no me refería todo a eso sino a mis años en Mallorca.

Estuviste estudiando Bellas Artes e Ilustración ahí después de cursar Letras en Lima ¿verdad?

—Sí, me mudé en 2004 y estuve algunos años allí, hasta el nacimiento de mi hija Mae, que ahora tiene 15 años. De hecho, mi carrera como ilustradora de libros empieza cuando Mae tenía pocos meses, tras la muerte de mi padre, en 2007. A él le habían encargado una serie de textos para infancias y algunos habían quedado sin dibujar. Así es como me invitaron a ilustrar su cuento El pájaro salvaje. Pero en referencia a Migrantes, la historia tiene que ver con otra cosa. Durante lo que se denominó “crisis de los cayucos”, miles y miles de personas se lanzaron al océano desde África y conocí a uno de esos chicos, llegado en una patera, que hablaba un poco de francés. Terminamos compartiendo casa con él y con quien ya era mi compañero de piso, durante un año y medio. Después de eso, realmente una se pregunta si tiene la estatura suficiente como para hablar de ciertos temas.

¿Y qué responderías ahora?

—Es difícil. Pero sí sé que los libros sirven para eso, para abrir el diálogo en un espacio de silencio, capaz de una interpretación que abra hacia lo que cada quien tiene para decir. La respuesta del otro con su identidad única y una mirada, que tiene una respuesta tan válida como la mía. Esto es muy importante para lxs chicxs que vienen de sufrir situaciones muy críticas. Ellxs padecen, claro, el hecho de ser un número, sin identidad, sin historia. En muchos lugares se muestra la necesidad de solidaridad con las poblaciones migrantes, como te decía antes, pero ojo con que se queden en mi país. La palabra, la voz, ser escuchadxs en su historia y su singularidad, no les restituye la calma después del horror pero abre un camino posible vinculado a la visibilización y el afecto.

 ¿Por qué cuando los libros tienen dibujos se los vincula casi mecánicamente a las infancias?

—Hay muchos libros que están empezando a ampliar estas categorías. Pero aún estamos acostumbradxs a los libros en una línea más pedagógica, donde los dibujos deben ser de determinada manera, con respuestas que son “lo que debe ser”, sin lugar para el equívoco o la experimentación.

Que la muerte aparezca aquí, en tu libro, es ciertamente desafiante.

—En general, en mi propia experiencia personal siempre ha habido una experiencia de la muerte parecida. Es difícil expresarlo… Armando la charla de hoy, estuve revisando muchas cosas en torno al silencio. Esa pequeña muerte que aparece en el libro tiene más que ver con eso, con lo inexpresable que llevamos con nosotrxs. Cuando tú abres el libro, el libro está empezado. Me refiero a que esos personajes ya están en tránsito. ¿De dónde están huyendo? ¿De qué están huyendo? ¿De una guerra, de un desastre climático? Las respuestas son múltiples y válidas todas. Pero solo encuentran un lugar posible para crecer si dejamos un espacio de silencio para escuchar a quien tienes enfrente. Una cosa que surge en las conversaciones con niñxs, adolescentes o adultos es que esta muerte es frágil, es casi como una más. Es una compañía constante a lo largo del trayecto. Así también son los recuerdos, las ausencias, lo que se deja atrás cuando la vida se mueve.

¿Tu madre fue una influencia para vos?

—Sí, claro. Gredna es una gran ilustradora y durante los años 70 ilustró muchos libros que se usaban en las escuelas pero de una manera singular, dándole una vuelta de sentido. También fue una gran influencia mi padre, José. Me conmueve mucho saber que su obra es leída y admirada aquí, como voy sabiendo. Desde pequeñas él, de quien heredé esa curiosidad por el mundo, nos leía poemas; en especial, haikus. Mi nombre viene de allí además. Los haikus son una forma breve de conocimiento del mundo a través de la observación atenta. La poesía es una forma de decir callando, descubriendo la singularidad de aquello que nos rodea, ampliando sentidos, dejándonos sorprender por lo inesperado como propone Wilsawa Szymborska en su poema “Una niña pequeña tira del mantel”. De Gredna y de José aprendí todo esto. De ellxs heredé una forma de pensar, de dibujar, de indagar el silencio como forma de encuentro.