François Schuiten: “Viví la desaparición de mi perro con tanta violencia que dibujé guiado por la intuición” - Libros del Zorro Rojo

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François Schuiten: “Viví la desaparición de mi perro con tanta violencia que dibujé guiado por la intuición”

Jim

El Salto Diario, 18 de marzo de 2024

Hace cinco años, en 2019, François Schuiten (Bruselas, 1956) anunciaba que dejaba la bande dessinée [tiras dibujadas, en su traducción]. El cómic franco-belga atraviesa por una crisis de sobreproducción editorial y precarización de la labor creativa que hacía que a este autor ya no le compensase dedicar sus esfuerzos y talento al medio; más teniendo en cuenta que su pasión por la arquitectura, heredada de sus padres, ha trascendido el reflejo en sus viñetas para traducirse en una lucrativa carrera en los ámbitos del diseño, la escenografía, y la edificación y el paisajismo urbanos.

Parecía, por tanto, que la bande dessinée necesitaba a Schuiten, pero Schuiten no necesitaba la bande dessinée. Hasta que un suceso trágico, el fallecimiento de su perro Jim, le descubrió que ningún otro medio le iba a permitir plasmar de una forma tan expresiva la pérdida de su compañero durante trece años. El resultado es Jim (2023), editado en nuestro país por Libros del Zorro Rojo; un trabajo de extraña intensidad, realizado en un blanco y negro abrumador con el objetivo de “comprender lo que había pasado entre nosotros (…) vivir el duelo y aceptar su partida”.

Hablamos con Schuiten de Jim.

Por el tamaño de la edición y el intimismo que marca el relato, Jim podría entenderse como una revisión en torno al carácter escénico de la mayor parte de tu obra, la escala que precisa cada historia.
Ese cambio en la escala surgió de manera natural porque no estaba en condiciones de imponer nada al formato o la estructura de Jim. El libro surgió visceralmente debido a las circunstancias, sin una intervención por mi parte en forma de voluntad o imaginación. Aunque sabía que mi perro iba a morir, era un hecho predecible, viví su desaparición de una manera tan violenta que solo pude dibujar sobre ello dejándome llevar por la intuición. Mi reacción habitual en la vida cuando han surgido dificultades, ante un reto creativo, ha sido siempre la de tratar de comprender mejor lo que me ha salido al paso, reenfocarlo para tener una perspectiva más amplia sobre las cosas. En esta ocasión no me detuve a analizar, el único criterio que pude aplicar fue el de realizar un dibujo cada día, un dibujo que atesorase una idea o una emoción en torno a Jim. Fue la única disciplina a la que me ceñí. De hecho, en principio los dibujos no estaban destinados a ser algo más; fue cuando mi hijo colgó algunos en redes sociales y vi la reacción que despertaban cuando empecé a pensar en que podían dar lugar a un libro.

Nos ha llamado en especial la atención cómo, en muchas páginas pares del libro, Jim es tan solo una silueta negra contra el blanco de la página; un abismo y, al mismo tiempo, una huella imborrable.
Creo que esa sensación de pérdida y al mismo tiempo de continua presencia del ser amado, tan propia del duelo, es común a todos, como pude percibir en las reacciones de redes sociales que os comentaba. El dolor funciona con ese imperativo, uno se mueve incesantemente entre esas dos sensaciones, y el dibujo permitía manifestarlo. En este proceso comprendí que había muchas personas que habían perdido a sus animales de compañía y necesitaban un reflejo de este sufrimiento. Un reflejo que no es tan habitual, no es sencillo. Nuestra sociedad tiende a priorizar unos sufrimientos sobre otros y la pérdida de los animales queridos se encuentra al final de la tabla. Hay incluso quienes piensan que no procede sentirse conmovido en exceso por la muerte de un animal. Por eso este libro también ha sido para mí una especie de liberación, un modo de darme permiso para liberar un dolor retenido, un dolor profundamente íntimo y que me ha situado en una posición de fragilidad extrema.

En ese sentido, ¿es Jim una crónica soterrada de tu soledad, de tu necesidad de afecto?
Sobre todo, no voy a negarlo, da voz a un sentimiento de orfandad. La ausencia de Jim me resultó demasiado dolorosa, no pude soportarla mucho tiempo. A los pocos meses de su desaparición ya estaba arrojando miradas lujuriosas a los perros de mis amigos y a los que se me cruzaban cuando salía a pasear. De tripas corazón, me di cuenta de que tenía que hacer algo y he acabado por adoptar con el apoyo de mis seres queridos otro perro, Ulises.

Nos ha gustado mucho tu hincapié en el prólogo de Jim en que pretendías expresar aquello a lo que no llegan las palabras, en una época cuyas manifestaciones artísticas están marcadas a menudo por la literalidad.
Os estoy agradecido por esta pregunta porque, en efecto, sin salir del tema del duelo, existen numerosos libros que lo abordan, que nos aconsejan en torno a cómo gestionar las emociones dolorosas ante la pérdida de un animal, pero pocos que lo hagan recurriendo al dibujo como un valor añadido para plasmar lo indefinible, todas esas cosas tan difíciles de explicar en esas circunstancias pese a que no tenemos ningún problema para visualizarlas mentalmente, para que nos atraviesen. Emplear el dibujo en ese sentido no es común. Hasta el punto de que yo tampoco me di cuenta al principio. Me limité, como os decía, a dibujar y, pasado un tiempo, esos dibujos me estaban transmitiendo a mí mismo cosas que no tenían nada que ver con las palabras. Es eso lo que he tratado de lograr una vez abrazado el concepto de libro: invocar ese algo especial y único, proponerme en cada página el reto de tocar lo que solo el dibujo puede alcanzar.