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Tolstói incita a la alegría frente al mal

Iván el Tonto

Por Eugenio Fuentes, La Nueva España, 2019

 

Una de las últimas ilustraciones del argentino Decur para Iván el Tonto representa la palma de una mano callosa lastimada por el trabajo del día. En la página opuesta, se leen las últimas líneas de esta combativa fábula de Tolstói: «Quien tiene callos en las manos se sienta a la mesa; quien no, come las sobras».

El conde ruso (1828-1910), que acabaría siendo apóstol de un lúcido anarquismo espiritual, dedicó muchas horas a la alfabetización de los campesinos de sus dominios de Yásnaia Poliana. Se servía de una cartilla escrita por él mismo, cuyos rigores suavizaba con fábulas inspiradas en la tradición oral a las que inyectaba savia rebelde si lo consideraba conveniente.

Iván el Tonto fue escrita en 1885, cuando Guerra y paz y Anna Karénina eran recuerdo, pero la censura zarista lo prohibió hasta 1906 pues los censores, aunque críen fama de pardillos, suelen saberse las tablas de la ley. Y en Iván el Tonto, bajo una cándida apariencia, se cobijan toneladas de explosivos neuronales, los favoritos del pacifista Tolstói. Partiendo de la ancestral historia de tres hermanos (soldado, comerciante y labrador), símbolos de la estructura social rusa (la Iglesia cede los trastos a una cohorte de diablos y diablillos), el conde rebelde monta un doble dispositivo.

Por un lado, ilustra las desgracias que acarrean el belicismo y la codicia. Por el otro, ensalza las virtudes del trabajo honrado en los campos y los beneficios del reparto de sus frutos: suficiencia, despreocupación, alegría y blindaje contra el mal. Un artefacto tan sencillo como imperecedero cuya lectura resulta indicada para despejar telarañas.

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