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La hija de Rappaccini

Por Martín Evelson

 

En Vislumbres de la India, Octavio Paz nos cuenta: «Una pieza de teatro del poeta Vishakadata, El sello del anillo de Rakhasa, convertida en leyenda y recogida por Richard Burton, le sirvió a Hawthorne para escribir un cuento, La hija de Rappaccini, y a mí para componer un poema dramático».

En efecto, la historia de la literatura se construye sobre un continuo diálogo de influencias, plasmado por ese código de signos finitos llamado lenguaje, dentro del cual la originalidad radica en una mirada, la inflexión de la voz, la irreverencia del neologismo; sesgos del acto poético de crear o recrear.

Siguiendo el profundo ensayo de María Negroni —«El jardín de los suplicios», que cierra este libro—, la amalgama de los textos homónimos de Octavio Paz y Nathaniel Hawthorne en la presente edición rinde tributo a ese diálogo que ambos escritores clásicos de la literatura de Occidente mantuvieron con obras precedentes de esta cultura y que, a su vez, hunde sus raíces en la historia poética y cultural de Oriente. Se sabe: la sensibilidad de Paz lo llevó a explorar las Sendas de Oku para, en 1957, introducir en Occidente los haikus de Matsuo Basho. Apenas un año antes, influido por las leyendas y tradiciones de la India, escribió su única pieza teatral, cuya edición nos ocupa.

Los orígenes de las fuentes de Paz y Hawthorne pueden rastrearse en una leyenda india del siglo iv d.c., Mudrarakshasa (El sello del anillo de Rakshasa) del poeta Vishakhadatta, drama político protagonizado por dos ministros que rivalizan. Para dirimir el conflicto, se emplea una estrategia singular: el regalo de una mujer apetecible, alimentada con venenos y convertida en «viviente frasco de ponzoña». De la India, esta leyenda pasó a Occidente: en su Anatomía de la melancolía (1621), Robert Burton (1577-1640) otorgó al mito un carácter histórico según el cual el rey indio Poros envía a Alejandro Magno una muchacha repleta de veneno. Thomas Browne (1605-1682), escritor inglés contemporáneo de Burton, repite la historia en su Pseudodoxia epidemica (tratado Sobre errores vulgares), en la que incluye un capítulo sobre ponzoñas y dedica un fragmento a la mujer-veneno.

También aquí un rey indio envía a Alejandro una muchacha alimentada con veneno para destruirlo mediante cualquier contacto físico. Browne fue la fuente de Hawthorne, quien en su cuento antepuso al drama literario una intriga histórica originada en una supuesta traducción que él mismo hubo realizado sobre un texto del ficticio escritor francés Aubépine. De esta manera, nutrió la mística de su escrito mediante la urdimbre entramada de realidad y ficción.

Volviendo a Paz: la influencia de la cultura india marcó fuertemente la historia del hombre y la del poeta: Octavio Paz contrajo matrimonio con Marie-José Tramini en la India, bajo el amparo del árbol del nim (especie mencionada en un antiguo refrán sánscrito: «El nim proporciona buena salud»). Ese antitético espécimen arbóreo aparece en La hija de Rappaccini: árbol fantástico, maldito, ponzoñoso, árbol de la muerte en el centro de ese jardín monstruoso (que en Hawthorne, pese a tener forma de arbusto, también ocupa el centro del jardín, y cuyo enceguecedor reflejo deslumbra como la serpiente a su víctima). En su libro El mono gramático, Paz describe escenarios del camino de Galta, en la India. En él surgen fragmentos que están en íntima relación con el paisaje literario de Rappaccini, además de mencionar al upas, un árbol cuya corteza contiene un veneno que da fiebre, quema la sangre y mata.

La hija de Rappaccini fue, asimismo, el antecedente que influyó de manera notable en el célebre poema de Paz, Piedra de sol, de 1957. La naturaleza sensualizada no es una invención de Paz; mérito de su sensibilidad es, en cambio, leer lo que ya existe para construir una obra poética que trabaje en ello: «La hora maduraba sus racimos / y al abrirse salían las muchachas». Nuevamente otro extracto de Piedra de sol dialoga con Rappaccini: «Todos los nombres son un solo nombre / todos los rostros son un solo rostro». Melusina, Perséfone, Lucrecia Borgia, Beatriz…, todos los fuegos el fuego y todos los venenos el veneno; y «lo que pasó no fue pero está siendo». La circularidad («Beatriz como una fruta infinitamente deseable, eternamente huidiza», en palabras de María Negroni), la leyenda, la historia y la literatura nutren al arte de narrar.

Santiago Caruso honra con sus imágenes ese jardín de delicias infernales en un cuadríptico central que, además de dialogar con el carácter simbólico de ambas piezas literarias, asume con precisión la influencia pictórica de El Bosco. La vivisección de las figuras humanas explora su lóbrego interior, asimilando la tragedia implícita en esa sustancia híbrida a la manera de un Arcimboldo carnívoro, donde lo terrorífico prepondera sobre lo caricaturesco. Feliz convergencia de senderos artísticos en la cual confluyen pasados remotos y futuros inimaginables. Sendas para recorrer. En palabras de Octavio Paz: «Sin ese fin que nos elude constantemente no caminaríamos ni habría caminos».

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