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Jorge Alderete y Mariana Enriquez, una vieja amistad y un libro que nació antes de ser escrito

Por Constanza Lambertucci, El País México, 11 de junio de 2022

Cuando empezó la pandemia de covid, el ilustrador argentino Jorge Alderete estaba en Ciudad de México –vive en la capital desde 1998– y planeaba mirar la televisión durante las dos semanas que, supuestamente, iba a durar la emergencia sanitaria. No fue así, la pandemia duró más, y en algún momento él se puso a dibujar. Al principio eran imágenes aparentemente inconexas, dibujos en tinta de mujeres desnudas, extraterrestres, animales fantásticos, dildos, máscaras de látex, la cabeza de Benito Juárez. No era nada, pero empezó a ser un libro con ilustraciones que no había sido escrito todavía. Pensó: “¿A quién no tendría problemas de mostrarle todo esto y ver si se quiere sumar?”. “Y sí, fue Mariana”, cuenta por videoconferencia desde su estudio. “Nos habíamos reencontrado hacía relativamente poco, justo antes de la pandemia. La última vez que nos vimos…”.

–Fue en tu casa. Por [el escritor] Bernardo Esquinca.

Mariana Enriquez estaba en otro punto del continente, en Buenos Aires, Argentina, cuando le escribió Alderete. El país ya se había cerrado y la gente apenas podía salir a la calle por las restricciones impuestas para contener la propagación del virus. “Lo que estaba pasando con la pandemia era demasiado… un poco apabullante”, recuerda la escritora, también por videoconferencia desde la capital de Argentina. Alderete le había mandado las imágenes y le proponía una especie de juego: podía inventar lo que ella quisiera a partir de esos dibujos, desde un epígrafe hasta una novela corta. “Estaba con muy pocas ganas de de escribir y con muy pocas ideas. Y a mí en general, entre otras cosas porque soy periodista, me gusta escribir a partir de un estímulo externo”, explica Enriquez, que aceptó. Así empezó a tomar forma El año de la rata, la crónica de un futuro distópico. “Surgió de manera muy natural. Por un lado, creo que tiene que ver con nuestra historia en común”, dice la escritora.

Por esos años, Enriquez publicó su primera novela, Bajar es lo peor, que acaba de ser reeditada por Anagrama. Alderete recuerda que la obra se convirtió enseguida “en el libro que había que leer”. La novela, que narra una historia de amor gay y drogas en la noche de Buenos Aires, llegó a las manos del escritor Juan Forn, que trabajaba en la editorial Planeta y enseguida pidió un contrato para esa “minipunk humeante e indiferente”. Después Enriquez entraría a trabajar como periodista en el diario Página/12, donde hoy es subeditora del suplemento cultural, publicaría Las cosas que perdimos en el fuego, la colección de cuentos que lanzó su carrera internacional, y sacaría Nuestra parte de noche, la novela con la que ganó el Premio Herralde. Pero en 1995, aquella primera publicación ya era un libro de culto juvenil.

–Me imagino que cuando el libro ya te habías ido a Buenos Aires. No tengo muy claro aquellos años, viste que todo empieza a ser una nebulosa.

–No, yo tampoco.

–Me acuerdo, sí, que no lo leí. Me cuesta cuando todo el mundo dice “esto hay que hacerlo”. Me sigue pasando, eh.

–Tengo la teoría de que los que te conocen te leen mucho menos que los que no te conocen.

En esa época, Alderete también empezaba su carrera como artista gráfico. Después de la etapa universitaria vendrían las exposiciones internacionales, las antologías editadas por Taschen, las portadas de discos para Los Fabulosos Cadillacs o Café Tacvba, la galería de arte en Ciudad de México, la discográfica propia. Todo bajo el seudónimo de Dr. Alderete. “Las ilustraciones de él cambiaron mucho, se perfeccionaron, pero hay algo que es muy parecido: era muy impactante visualmente, el tema del fetiche siempre estuvo y él introducía elementos que eran muy diferentes”, dice Enriquez.

–Estabas en… ¿Cómo se llamaba la revista? ¿Tinta china?”.

–La que hacíamos con Maxi [Luchini]. No, Gratarola. Era la época de los fanzines, los cómics…

En 1998, Alderete y muchos de los amigos que compartían el ilustrador y la escritora emigraron de Argentina, algunos se fueron a Barcelona y otros a Ciudad de México. Todavía no había llegado 2001 y la crisis política, social y económica que le siguió al corralito en el país sudamericano. Enriquez recuerda así el final de la década: “Los que se iban se iban con un proyecto, con un ‘a ver si nos sale’, pero yo no tenía ni eso. Y en cambio acá [en Argentina] sí tenía un ‘a ver si me sale’. Me quedé, pero fue un momento de pérdida total y también de frustración que con el tiempo se me pasó”. Hubo años en los que no se vieron. Las carreras de los dos siguieron creciendo. A veces se cruzaban en alguna feria del libro. Y antes de que empezara la pandemia de covid-19 se encontraron en Ciudad de México.

Después, el encierro y el incipiente comienzo de El año de la rata. Las imágenes que había estado ilustrando Alderete eran demasiado íntimas porque no habían pasado por el filtro de la autocensura; porque, total, no iban a ser publicadas. Eran parte de “una especie de terapia”: “Estaba todo el día encerrado, si me ponía a darle mucha vuelta a lo que sea iba a llegar a un lugar adonde no quería llegar. Entonces me ponía a dibujar”. Empezaba a la mañana y a veces se le hacía de noche. Había días en los que terminaba solo una imagen y otros en los que eran dos, o tres. “El año de la rata empezó primero sin ser un proyecto. Empezó de forma muy casual y muy despreocupada, casi diría que sin ningún rumbo claro”, cuenta el artista gráfico. “No quiero sonar hippie”.

–Sí, porque es antihippie total.

Enriquez recibió las ilustraciones y empezó a escribir crónicas breves, casi periodísticas, sobre un mundo enrarecido donde el sol se vuelve negro –aunque ilumina y da calor–. Hay ahí extraterrestres con anatomía de mujer y cuerpos vacíos que orinan limonada, muñecas que transmiten una maldición sexual, camiones sin conductor que chorrean fluidos, influencers con armas y monumentos que se iluminan con neón sin que nadie entienda por qué. Algunas de las historias son inventadas y otras están basadas en casos reales. “Como el tono es igual”, dice la novelista, “no te das cuenta”. “Hay una especie de vaga sensación de ciencia ficción, pero muy elemental, muy urbana, muy tipo J. G. Ballard. Y también un poco fifties, más naif”, explica, y agrega: “Me permitió jugar con un montón de elementos que no son, en general, con los que trabajo”.

Entre Enriquez y Alderete apenas hubo intercambios sobre el contenido de los textos ni de las imágenes, salvo en algunos casos puntuales. Ninguno, sin embargo, quería que el libro fuera una crónica de la pandemia. Aunque en los dibujos aparecen muchas máscaras, por ejemplo, no hay cubrebocas. En los textos, la emergencia sanitaria solo se menciona al pasar. La alusión más directa, y no es explícita, está en el titular: el año de la rata en el calendario chino coincidió con el 2020. Hay historias que aparecen en las ilustraciones que no están en los textos, y viceversa. “Algo que me atrajo de los dibujos fue el altísimo nivel de excentricidad”, dice la escritora, “a algunas cosas le encontraba hilos, pero otras no, para nada, y eso me gustaba, que fuese caprichoso”.

–Es caprichoso, no había pensado en la palabra.

El proceso duró varios meses porque no había encargo, no había editor, no había apuro. “Lo que había era incertidumbre”, dice Alderete. “¿Qué va a pasar? ¿van a seguir publicando libros? ¿habrá papel?”. El proyecto, que no fue proyecto hasta que no estuvo terminado, “podría no haber funcionado y la gente ni se hubiese enterado”, agrega Enriquez. Pero funcionó, el libro tomó forma y fue publicado en México por la editorial Alboroto y en Argentina por Libros del Zorro Rojo. También creció fuera de las páginas: la bailarina Dalel Bacre creó una coreografía de danza contemporánea a partir de algunas de las imágenes; el director Christian Weber grabó la performance y la musicalización estuvo a cargo del portugués Paulo Furtado.

Tanto Enriquez como Alderete hacen hincapié en que la autoría del libro es compartida –si se tiene en cuenta el proyecto multidisciplinar entero, aún más–. Hubo algo en el proceso, dice la escritora, que fue “medio punk, medio under”. “Obviamente no vamos a fingir que hicimos un fanzine recortando y pegando”, dice, “pero el espíritu era un poco ese”. “Me hacía acordar a la época que viví en grupos de fans, mandando cosas que tardaba un siglo todas en llegar. En este caso, no tardaba todo un siglo en llegar, pero había algo que tenía que ver con la distancia y la imposibilidad de verse. Era un poco como estar en los noventa sin un mango. Como un delirio total”, cuenta. Esa época en la que pasaban “de leer a William Burroughs a ir a buscarse el mango”, dice la escritora; eran de nuevo los años en La Plata.